¿Y si sí?
Algo cambio... no, no fue como siempre
Me desperté a las 4:50 de la mañana con esa sensación que a veces llega antes que el primer pensamiento. Una mezcla de angustia y miedo, todavía sin nombre.
No me levanté. Me quedé respirando, observándola, y poco a poco empecé a preguntarme de dónde venía.
Al principio pensé que era miedo al flujo del negocio, a no alcanzar. Pero cuando respiré más profundo, entendí que no era el trabajo ni el dinero. Era algo mucho más viejo.
Era el miedo a no ser suficiente. A no ser el hijo, el esposo, el papá, el empresario que siento que debería llegar a ser. Una voz antigua que lleva años repitiendo la misma frase: todavía no alcanzas.
Sospecho que esa voz no es solo mía. Sospecho que tú también la conoces.
Hay mañanas en las que uno no despierta solo al día, sino a todas las historias que ha venido cargando sin darse cuenta. Heridas antiguas, frases que alguien dijo alguna vez y que, sin pedir permiso, se quedaron a vivir dentro de nosotros. Aparecen en el cuerpo antes que en la mente: el pecho apretado, la mandíbula tensa, la urgencia de producir más, demostrar más, controlar más.
Y lo más delicado es que, con el tiempo, dejamos de verlas como historias y empezamos a confundirlas con identidad. “Así soy.” “Yo no puedo.” “No soy suficiente.” Pero una creencia no se vuelve verdad solo porque la hayamos repetido durante años.
Cuando una historia vieja no se hace consciente, dirige nuestra vida desde las sombras. Carl Jung lo dijo en una frase que llevo años cargando:
“Hasta que no hagamos consciente lo inconsciente, dirigirá nuestra vida y le llamaremos destino”. C.Jung
Por eso cuesta tanto cambiar. No porque no sepamos qué hacer muchas veces lo sabemos, sino porque implica soltar una identidad que, aunque nos lastime, nos resulta conocida. Y a veces preferimos la cárcel conocida antes que el vacío de no saber quiénes seríamos sin ella.
No pelees, mira
Le compartí todo esto a un gran amigo, Rodolfo de la Vega, y terminó de acomodar las piezas.
Me dijo que esa angustia por demostrar, por alcanzar, no es solo mía: es profundamente humana. Y que casi siempre cometemos el mismo error. La empujamos, la rechazamos, nos peleamos con ella. Y mientras más luchamos, más fuerza cobra.
El problema no es sentir angustia. El problema es obedecerla.
Porque cuando haces una pausa, respiras y la observas sin juzgarla, la voz sigue ahí, pero deja de manejar. La energía que antes te consumía empieza a estar disponible para ti. El miedo no desaparece; solo deja de estar al volante.
Eso es lo que llamo Consciencia. No vencer la voz. Verla.
Y ahí está lo único que quiero dejarte esta semana:
El cambio no nace de ganarle a la voz que dice “no eres suficiente”. Nace de dejar de creer que esa voz eres tú.
La voz de un país
Llevo semanas viendo esa misma voz, pero a escala de un país entero.
México también tiene su 4:50 de la mañana. “Somos los últimos.” “Cuarenta años sin un momento así.” “Cero mundiales.” “Dieciocho años enredados en violencia.” Le hemos dado a nuestra historia el mismo significado que yo le daba a la mía: que no somos suficientes.
Y aquí me obligué a revisar el dato antes de creerme mi propia queja, porque yo mismo iba a escribir que estamos entre los últimos de Latinoamérica en educación, y no es exacto: en PISA 2022 aparecemos entre los primeros de la región en matemáticas, detrás de Chile y Uruguay. No para tranquilizarnos seguimos debajo del promedio de la OCDE, y fue nuestra peor caída desde 2006, pero desmiente la historia que nos contamos.
El “somos los últimos” no es el dato. Es el sepulcro.
Hay una frase que llevamos décadas gritando: "sí se puede". Nunca me ha convencido del todo. Mi amigo y coach, Jorge Osuna, me enseñó algo que la pone en su lugar: todo, en cada momento, abre o cierra posibilidades; se expande o se contrae. Y "sí se puede", con toda su fuerza, es empujar una roca cuesta arriba, apretar los dientes contra la circunstancia. "¿Y si, si?" viene de otro lado: no empuja una roca, abre un lienzo…
Eso fue justo lo que hizo un chavo de 17 años al que le dicen Morita. Frente al “cero mundiales”, frente a la voz que tantas veces nos dijo que México no puede, respondió otra cosa: ¿y por qué no? Todos los equipos que alguna vez ganaron un mundial tuvieron, antes, cero mundiales. No se identificó con la voz. No peleó contra el “no somos suficientes”; simplemente dejó de creer que esa voz era él.
Y aquí viene mi parte incómoda. A los 17 yo tenía esa misma audacia: dejé mi país y me fui a Alemania a perseguir la cocina, llegué a lavar platos sin ninguna garantía, y aun así no me detuve. A mis 41, con más recursos y más razones para atreverme, la cambié por la roca; me descubro preguntándome menos “¿por qué no?” y más “¿y si sale mal otra vez?”. Un chavo de 17 nos la recordó a todos.
Perder diferente
Escribí casi todo esto mientras todavía soñábamos. Y ayer perdimos: 3-2 contra Inglaterra, en el Azteca, después de llegar hasta aquí invictos y sin recibir un solo gol en todo el torneo.
Ya escucho la voz de siempre afilándose para resumirlo en dos palabras: como siempre.
Yo no lo creo. Una cosa es reconocer la realidad —perdimos—; otra muy distinta es convertirla en identidad. Perder “como siempre” sería volver al sepulcro, agachar la cabeza y darle la razón a la vieja historia. Y esta vez no pasó. Nos faltó contundencia, es cierto, pero competimos y los hicimos sufrir hasta el final. No perdimos conformándonos: perdimos compitiendo, con la cabeza en alto.
México volvió a pararse frente a los mejores del mundo sin pedir permiso.
Durante casi dos décadas nos acostumbramos a hablar mal de nosotros mismos, a creer que lo nuestro era conformarnos. Y algo, esta vez, se movió. Lo importante no es que perdimos. Es que ya no salimos a la cancha creyendo que con participar bastaba.
Ahora la conversación es otra: ¿y si sí podemos competir contra cualquiera?, ¿y si sí podemos estar entre los mejores del mundo?
Porque los países, como las personas, primero cambian en la cabeza y después en la realidad.
Y ahí se cierra el círculo que abrió a las 4:50. La misma voz que a mí me susurra “todavía no eres suficiente” es la que a un país entero le repitió, por años, “somos los mismos de siempre”. El cambio no fue ganarle a esa voz. Fue dejar de creer que esa voz éramos nosotros.
Este Mundial no solo cambió lo que el mundo piensa de México. Empezó a cambiar lo que los mexicanos pensamos de nosotros mismos.
No resolví todo esta mañana. La voz volverá, la mía y la de mi país. Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos la obedeció. No ganamos. Y también CAMBIAMOS.
Porque la pregunta nunca fue si íbamos a levantar la copa. Era si, pase lo que pase, íbamos a dejar de creer que no somos suficientes.
Y la respuesta, hoy, con la cabeza en alto y sin trofeo, sigue siendo:
¿Y si sí?
Para…
🧘 Meditar: Sam Harris y su práctica de observar los pensamientos…
📖 Leer: Mi propio libro, La vida se hace para ti. Todo esto —el miedo, las creencias que nos gobiernan, el ejercicio de Jorge Osuna sobre abrir o cerrar posibilidades— vive con más calma en sus páginas que en una mañana a las 4:50.
🎥 Ver: Rocky (1976). No entrena para ganarle a Apollo Creed, entrena para seguir de pie al sonar la última campana. Su verdadera pelea nunca fue contra el campeón, sino contra la voz que le decía que era un don nadie.
🎙 Escuchar: Awake My Soul, de Mumford & Sons. Una canción sobre dónde eliges poner tu amor y, con él, tu vida.





Me encantó tu reflexión. Ayer estuve ahí con mi papá. Fue su regalo de 70 porque quería que por tercera vez estuviera en un mundial en el Azteca, y especialmente en un partido de esa talla. Fuimos abiertos a cualquier resultado, pero obvio con la expectativa de la victoria. Al final nuestra reflexión fue esa: el futuro pesa más que el pasado, así que la identidad debe construirse, no adoptarse a partir de creencias. Fue una experiencia de vida con mi papá que no terminó en un país enloquecido de felicidad, sino que no terminó ni nunca va a terminar. Se queda por siempre la emoción, el nervio, la expectativa, la desilusión, la expectativa otra vez, la esperanza, la lucha colectiva, la resiliencia. Hermosa jornada de emociones que nos hacen humanos. Hermoso haberlo vivido con él. Gracias, nuevamente, por tu reflexión. Algo cambió.